Las abejas en las colmenas creadas por el hombre pueden haber enfrentado el frío innecesariamente durante más de cien años debido a diseños mal concebidos. Este artículo arroja luz sobre las prácticas apícolas basadas en mitos erróneos y la necesidad urgente de replantearlas.
Las abejas y el frío
Las abejas de la colonia (Apis mellifera) destacan por su resistencia al invierno en cavidades de árboles que mantienen a algunas a más de 18 °C. No hibernan, a diferencia de lo que se podría pensar. En condiciones de frío, forman discos densos de abejas, llamados agrupaciones, entre los panales. Producen la mayor parte de su calor comiendo y metabolizando azúcar de la miel.
Las colmenas creadas por el hombre
Las colmenas artificiales presentan características térmicas muy distintas comparadas con el hábitat natural de las abejas, las cavidades de árboles de paredes gruesas. Las paredes delgadas de las colmenas comerciales no proporcionan suficiente aislamiento. Para ser efectivas, las paredes de las colmenas necesitarían un aislamiento sustancial, como 30 mm de poliestireno.
Prácticas apícolas erróneas
La falta de comprensión de la interacción entre la colmena, el calor, la radiación, el vapor de agua, el aire y el comportamiento y la fisiología de las abejas plantea un problema. Se ha creído erróneamente que las agrupaciones «aislan» el núcleo de la colmena, lo que ha llevado a mantener las abejas en colmenas de paredes delgadas, incluso en climas de -30 °C.
Investigaciones recientes
Un estudio reciente muestra que las agrupaciones actúan más como un disipador de calor, lo que no es beneficioso para las abejas. Contrariamente a esta evidencia, los apicultores en California han estado colocando colonias de abejas en refrigeración durante el verano, creyendo que es beneficioso para la salud de las larvas.
Transformación de las prácticas apícolas
Desde los años 60, en Canadá se ha adoptado la práctica de mantener las abejas en refrigeración durante el invierno. En la década de 2020, los apicultores comenzaron a refrigerar a las abejas en el verano para facilitar el tratamiento químico de los parásitos. Hay evidencia creciente de que los insectos pueden sentir dolor, lo que enfatiza la urgencia de cambiar las prácticas apícolas para disminuir la frecuencia y la duración de las agrupaciones.

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