La riada que el miércoles arrasó la frontera entre Nepal y el Tíbet, dejando cientos de muertos y más de 1.500 desaparecidos según los últimos recuentos, no fue un terremoto fortuito: se trata de un fenómeno conocido y creciente relacionado con el deshielo. Expertos describen el suceso como un GLOF —un colapso repentino de un lago glacial— cuyo impacto revela riesgos que antes se consideraban remotos pero que ahora llegan con consecuencias letales.
Un GLOF se produce cuando la barrera que contiene un lago formado por el retroceso de un glaciar falla y libera grandes volúmenes de agua, sedimentos y bloques de hielo. Juan Terrádez, técnico del Observatorio Pirenaico del Cambio Climático (OPCC-CTP), advierte que la degradación del suelo helado juega un papel decisivo en estos episodios.
Cómo se desencadena el desastre
El proceso combina varios elementos: la retirada de la lengua glaciar deja cavidades que se llenan de agua; esa masa queda retenida por una morrena —un dique natural de rocas y sedimentos— y, con el calentamiento, el permafrost que cohesionaba esos materiales se debilita.

Cuando grandes cantidades de roca o hielo se desprenden y caen al lago, generan una ola de gran energía que puede romper la morrena. El resultado es una descarga súbita que baja por el valle con fuerza destructiva, arrasando poblaciones y infraestructuras río abajo.
Cabe destacar que los sismógrafos registraron ondas que inicialmente se interpretaron como un temblor. Sin embargo, las autoridades y varios glaciólogos, incluido el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), han señalado que esas señales fueron la consecuencia del colapso en la montaña, no la causa.
Lecciones desde el Pirineo
Aunque los glaciares del Pirineo son mucho menores que los del Himalaya, sirven como un espacio de observación útil. El OPCC ha documentado procesos análogos a escala reducida y mantiene sensores en zonas críticas para seguir la evolución de la criosfera.
Un ejemplo local es el ibón de Sabocos, en Panticosa, donde mediciones con dron y sonar han mostrado cambios en la batimetría que apuntan a pérdida de profundidad y acumulación de material en la ladera. En picos como el Vignemale ya se vieron desprendimientos vinculados a olas de calor en 2017.
Riesgo en Europa y diferencias de monitoreo
Las mayores amenazas de este tipo en Europa se concentran en los Alpes, donde todavía existen masas de hielo significativas y sistemas de vigilancia más avanzados —láser, drones y redes de sensores— que permiten alertas tempranas.

En cambio, regiones con grandes extensiones glaciares como el Himalaya o los Andes carecen de recursos para una monitorización comparativamente exhaustiva. Esa combinación de escala y falta de sistemas reduce la capacidad de prevenir catástrofes.
Qué preocupa en España hoy
En el territorio nacional, el peligro inmediato no son los GLOF a gran escala, sino otros efectos vinculados al calentamiento de la criosfera y la variabilidad climática.
Terrádez subraya dos riesgos concretos: las avalanchas, que han causado víctimas recientemente en el Pirineo, y las crecidas repentinas o flash floods asociadas a lluvias intensas sobre nieve, como las registradas en zonas de Viescas y Tarragona.
- Impacto humano: comunidades de valle y aldeas sin vías de escape quedan especialmente expuestas.
- Infraestructura: carreteras, presas y puentes pueden quedar inutilizados por el arrastre de sedimentos y bloques.
- Prevención: la vigilancia y el conocimiento local reducen el riesgo, pero son insuficientes en áreas remotas.
- Ciencia y política: la velocidad del retroceso glaciar supera modelos de hace décadas, lo que obliga a actualizar mapas de riesgo y planes de adaptación.
El técnico del OPCC enfatiza que los GLOF son un efecto directo del proceso de desglaciación: no se forman cuando un glaciar está en equilibrio o en avance. La rapidez actual del retroceso, dice, excede las proyecciones tempranas del IPCC realizadas en los años noventa.
Esta tragedia en el Himalaya funciona, por tanto, como advertencia: los glaciares dejan de ser meros vestigios del pasado y se convierten en indicadores activos de un clima que cambia con rapidez. Para las comunidades vulnerables y para los sistemas de gestión de riesgos, el mensaje es claro: la ventana para adaptar territorios y herramientas se estrecha.

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