En la confluencia entre la Amazonía y la Orinoquía, el poblado de La Urbana —en la selva de Matavén, oriente colombiano— enfrenta una encrucijada: conservar una forma de vida ancestral mientras incorpora conexiones tecnológicas que alteran su ritmo. Lo que ocurra aquí en los próximos años tendrá consecuencias directas sobre la cultura local, la vigilancia del territorio y la resiliencia frente a la minería y el cambio climático.
El paisaje desde arriba muestra una masa verde casi continua, ríos tranquilos y cerros que parecen custodiar un bioma fronterizo. Pero al bajar a tierra se descubre otra realidad: comunidades indígenas que sostienen prácticas, conocimientos y un calendario marcado por la lluvia, las crecidas y la maduración de los frutos.
Un territorio con memoria
Los habitantes de La Urbana, en su mayoría Piaroa, organizan la vida alrededor de la maloca, el espacio comunal donde se debaten las decisiones colectivas. Allí se decide cuándo sembrar, cuándo cazar y cómo transmitir saberes para no romper el equilibrio ecosistémico.
La historia de la comunidad no llega a medio siglo. Según los mayores, hace décadas el lugar era bosque cerrado: no había viviendas ni huertas, solo monte y fauna. Fue la búsqueda de agua y la voluntad de una familia la que desencadenó la fundación. A partir de semillas trasplantadas y trabajo colectivo se construyó lo que hoy es un asentamiento con escuela, huertos y proyectos comunitarios.
Vínculos nuevos, prioridades viejas
La llegada de energía solar y una antena satelital ha cambiado la relación de La Urbana con el mundo. La conexión —conocida localmente como Starlink— permite comunicarse, gestionar proyectos y atraer visitantes, pero también plantea dilemas: ¿cómo beneficiarse del turismo sin perder las prácticas culturales?
Los líderes locales describen una tensión real. Muchos jóvenes han migrado en busca de ingresos, en especial hacia labores mineras en Venezuela. Al mismo tiempo, el turismo comunitario surge como alternativa para generar recursos sin privatizar el territorio.
- Conectividad: abre puertas a mercados y educación, pero trae influencias externas.
- Economía: el turismo puede complementar la subsistencia, pero compite con la tentación de la minería.
- Cultura: la transmisión de saberes está en riesgo si la juventud no retorna.
- Clima y desastres: inundaciones recientes demostraron la vulnerabilidad de los cultivos.
Turismo como herramienta de conservación
Organizaciones como la Fundación Etnollano y el respaldo de entidades públicas han promovido un modelo de turismo que conecta visitantes con prácticas tradicionales: la preparación del casabe, los relatos en la maloca y recorridos por senderos. Para coordinadores del proyecto, la clave es que la actividad refuerce la identidad local y no sea mera atracción comercial.
Maestras y líderes comunitarios advierten que parte del conocimiento se está debilitando: prácticas y valores ancestrales se usan con menos frecuencia entre los niños. Por eso, combinar la oferta turística con programas educativos que involucren a los mayores es una prioridad para quienes trabajan en la transmisión cultural.
Las amenazas cambian de forma
Si en el pasado la sombra era la presencia de grupos armados, hoy los riesgos tienen otras caras: presión de empresas extractivas, tala ilegal y promesas de ingreso rápido que empujan a la población a actividades que degradan el bosque. La comunidad ha rechazado propuestas de cultivo de coca y entrada de empresas que podrían contaminar ríos y desmontar la selva.
La gran inundación de 2018 dejó en claro la fragilidad de los sistemas de producción: cultivos arrasados y dos años de recuperación. Ese episodio impulsó la búsqueda de prácticas agrícolas menos dependientes de la quema o la tala y más orientadas a la resiliencia frente a eventos climáticos extremos.
Lo que está en juego
El futuro de La Urbana no es sólo local: conservar su territorio significa mantener un corredor biológico y cultural en una frontera ecológica crítica. Si la selva pierde su continuidad, también se pierden recursos hídricos, diversidad y modos de vida que regulan el clima y sostienen comunidades.
Para sintetizar riesgos y oportunidades, la comunidad y sus aliados trabajan en tres líneas simultáneas:
- Fortalecer la transmisión de saberes tradicionales desde la escuela y la maloca.
- Desarrollar turismo comunitario que reparta beneficios y respete los modos de vida.
- Adoptar prácticas productivas sostenibles y tecnologías que reduzcan la vulnerabilidad ante inundaciones y sequías.
La defensa del territorio, dicen los dirigentes locales, no es sólo patrimonial: es una estrategia de supervivencia frente a la presión de intereses económicos y al impacto del clima.
Al caer la tarde, la selva cambia de voz. Quienes fundaron La Urbana ven en la visibilidad reciente una oportunidad para mostrar su trabajo y reclamar un modelo de desarrollo que respete la naturaleza. Para ellos, la conectividad y el turismo son herramientas, no soluciones por sí solas: la prioridad sigue siendo que las nuevas generaciones asuman la responsabilidad de custodiar el bosque.
En última instancia, la experiencia de La Urbana plantea una pregunta de alcance mayor para la Amazonía colombiana: ¿cómo equilibrar la modernización y la protección de modos de vida que han mantenido los ecosistemas durante siglos? Las decisiones tomadas ahora marcarán la respuesta.

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