En el umbral entre lo desconocido y el conocimiento científico más exacto, reside un territorio fascinante donde coexisten tanto las ideas más racionales como las más extravagantes concepciones humanas. Numerosos científicos han navegado este límite, montando teorías que parecían descabelladas pero que, sorprendentemente, han dado lugar a descubrimientos asombrosos. Este fenómeno, en el que interviene tanto el azar como el destino, es explorado por Dan Schreiber en su obra La teoría de todo lo demás. Un viaje al mundo de las rarezas (Capitán Swing).
Dan Schreiber, australiano radicado en Londres, ha convertido la curiosidad en su estilo de vida. Trabaja como productor, guionista, humorista y podcaster, y es conocido por ser uno de los creadores del programa de la BBC Radio 4 The Museum of Curiosity y coanfitrión del popular podcast No Such Thing As A Fish, inspirado en el famoso programa QI. Schreiber sostiene que «todo es interesante si se observa desde el ángulo adecuado», y con esta visión ha logrado transformar elementos cotidianos, como los ascensores, en fuentes de maravilla.
Su libro recopila historias de científicos, pensadores y visionarios que, a pesar de su meticulosidad, apostaron por lo improbable: desde la telepatía y los fantasmas hasta las teorías más inverosímiles. “Muchos de los que cambiaron el mundo -personajes muy racionales de la ciencia o la academia- tuvieron en algún punto creencias inusuales. Me pareció fascinante porque generalmente escondemos ese aspecto en las biografías. Narramos su vida de manera tradicional, y omitimos sus experimentos con la telepatía, por ejemplo”, comenta Schreiber. Para él, lo inusual no es un defecto, sino un manantial de creatividad. “Mi objetivo era demostrar que incluso individuos con ideas controvertidas pueden generar pensamientos brillantes. Las ideas son complejas, las personas son complejas, y además, muchas de estas ideas son extremadamente divertidas. El mundo es mucho más Monty Python de lo que pensamos, y eso es lo que quise capturar”, afirma.
P: ¿Puede la rareza ser una fuente de conocimiento o de ciencia auténtica?
R: Sí, definitivamente puede serlo. Existe una anécdota que no incluí en el libro porque la descubrí más tarde, acerca de un hombre llamado Hans Berger. Casi muere atropellado por caballos y, al sobrevivir, descubrió que su hermana había sentido ese mismo día que él había fallecido. Esto lo impulsó a creer en la telepatía y dedicó su vida a desarrollar una máquina que la demostrara. Aunque no logró su objetivo inicial, accidentalmente inventó el electroencefalograma, uno de los dispositivos médicos más significativos del siglo pasado. Así que, en mi opinión, la rareza sí puede conducir a descubrimientos verificables, aunque no pruebe directamente lo insólito.
P: ¿Pero no hay riesgo de caer en la locura si uno se sumerge demasiado en estas ideas peculiares?
R: Claro, ese es el peligro. Por eso al inicio del libro advierto que hay que tratar estas ideas como en una cata de vinos: pruébalas, disfruta un sorbo y luego escúpelo. Si consumes demasiado, todo se complica. Mi planteamiento es teorizar con responsabilidad. Me gusta dialogar con quienes creen en lo inexplicable, aunque yo no comparta esas creencias. Soy racional pero también agnóstico: pienso que hay fenómenos que aún no comprendemos. Sin embargo, no creo, por ejemplo, que Jesús tenga descendientes vivos en Japón dedicados al cultivo de ajo. [Una leyenda local en el pueblo de Shingo, Japón, sostiene que Jesús sobrevivió a la crucifixión—su hermano Isukiri habría muerto en su lugar—y después huyó a Japón, donde se casó, tuvo tres hijas y cultivó ajo hasta morir a los 106 años.]
P: Entonces, según tú, existe un margen en el que lo insólito puede ser útil para la ciencia, ¿y deberíamos mantener esa ventana abierta para seguir explorando lo que hoy parece imposible?
R: Exactamente. La diversidad de pensamiento es lo más emocionante que poseemos como especie. Si reducimos la realidad a una sola manera de ver el mundo, estamos condenados. Cada vez que un idioma se extingue, perdemos una forma única de relacionarnos con el planeta, lo cual es muy grave. Necesitamos que, ante un problema, haya al menos una persona en la sala que piense diferente. Incluso si hay solo una, ya es esencial. Por ejemplo, durante el incidente del Apolo 13, hubo un ingeniero que pudo resolver el problema casi de inmediato porque, por casualidad, había visto esa tarde una película sobre astronautas que quedaron atrapados tras una explosión en el espacio. La coincidencia le ayudó a idear una solución. No creo en las coincidencias «significativas», pero esto demuestra que a veces los problemas se resuelven gracias a ideas inusuales.
P: Pero en la actualidad, vivimos en un mundo donde las ideas descabelladas a menudo se confunden con la ciencia o se utilizan para manipular a las personas. ¿Cuál es tu opinión sobre este fenómeno?
R: Vivimos tiempos extraños. La línea entre ciencia, medicina, conspiraciones y creencias se ha vuelto borrosa. Las teorías de la conspiración son más peligrosas que nunca: antes eran una curiosidad, pero ahora se han transformado en herramientas políticas. Basta con afirmar que existe una conspiración en tu contra para librarte de cualquier crítica. Mi objetivo con este libro es reducir la intensidad: disfrutar de la variedad de ideas sin convertirlas en cuestiones de consecuencias globales. No hay problema si alguien me dice que un fantasma le dio los números de la lotería, pero es completamente diferente si un líder afirma que un fantasma le ordenó invadir un país.
P: Entonces, ¿tu libro sería una especie de antídoto contra ese lado oscuro de la rareza?
R: Hoy en día, por ejemplo, se dice que quienes creen en el Bigfoot son más propensos a ser extremistas, y eso no es cierto. Conozco a personas que creen en él y son completamente normales. El problema es que hemos convertido cualquier creencia en algo peligroso, lo que nos lleva a la autocensura. En el libro menciono a Kary Mullis, el descubridor de la PCR, que fue tan útil durante la pandemia de Covid. Él creía haber sido abducido por un mapache luminoso que hablaba inglés, y aún así, ganó el Nobel. Su trabajo transformó la biología, aunque también tenía ideas muy controvertidas. Mi mensaje es que tratemos todo esto con humor y perspectiva; lo extraño no tiene por qué ser peligroso.
P: Así que, a pesar de todas las rarezas que has recopilado, recomiendas seguir confiando en la ciencia establecida.
R: Sí, absolutamente. Confío en la ciencia, aunque sé que comete errores. Pero la esencia de la ciencia es reconocer esos errores y corregirlos. Puede que dentro de cien años descubramos que algo que hoy consideramos correcto era perjudicial, como ocurrió con los productos radiactivos en el pasado. Pero la ciencia avanza en la dirección adecuada. Y personalmente, prefiero estar en una mesa con alguien que comparte una teoría extraña que con alguien que simplemente se burla de ella.
P: En cuanto a la educación científica, ¿crees que necesita cambiar la forma en que se enseña? Antes se veía la ciencia casi como una religión; ahora muchos piensan que es solo una opinión más.
R: Creo que parte del problema proviene de asociar la ciencia con el movimiento ateo. Muchos científicos son ateos, pero también hay muchos que son creyentes. Esta confrontación ha generado una guerra cultural. Además, las redes sociales han amplificado ese conflicto: la gente desconfía porque se siente tratada con condescendencia. Y así surgen líderes que siembran dudas—algunas veces con motivos válidos—sobre las farmacéuticas o los intereses económicos. Todo esto ha creado una guerra cultural. Durante la pandemia fue muy evidente: de repente, todos eran «expertos en vacunas» después de ver un video en YouTube. Fue increíble ver cuánta gente creía saber sobre inmunología.
P: Entonces, ¿la ciencia también está atrapada en esa guerra cultural?
R: Sí, la ciencia está atrapada en la guerra cultural, al igual que la religión. La ciencia en sí misma no es el problema, sino cómo las personas la utilizan. Hay científicos que, sin intención, han causado daño con declaraciones irresponsables. De nuevo, el ejemplo de Mullis: negó la relación entre VIH y SIDA, y algunas dictaduras usaron sus palabras como justificación para no tratar a los enfermos. Es un ejemplo trágico de cómo se puede politizar o usar la ciencia como arma.
P: Así que hemos convertido a la ciencia en un arma.
R: Exactamente. Por eso necesitamos serenidad. La ciencia solo intenta entender el universo y mejorar la vida humana.
P: En España, los programas sobre ovnis y misterios antes eran divulgativos; ahora muchos se han convertido en plataformas de conspiraciones y campañas negacionistas del cambio climático. ¿Pasa lo mismo en tu país?
R: Sí. Antes, quienes hablaban de estos temas lo hacían por pasión; ahora muchos lo hacen por dinero. Las teorías conspirativas son un negocio enorme. En la comedia en vivo he visto incluso «noches de teoría conspirativa» donde los ponentes prueban sus nuevas ideas como si fueran monólogos. Es un espectáculo. Pero mientras la ciencia construye cohetes para llegar a la Luna, los conspiracionistas solo dicen que no fue verdad, sin aportar pruebas. No hay una «NASA» de los conspiracionistas: son solo individuos que venden su versión. Ese es el gran contraste.

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