Varios son los motivos por los cuales un paseo marítimo de una localidad puede ser afectado por una tormenta, como sucedió recientemente en Matalascañas, una localidad en Andalucía. El principal problema es la escasez de arena. Matalascañas necesita más arena. El gobierno ha proporcionado mucha arena, pero la arena que realmente necesita Matalascañas no debería ser transportada en camiones ni provenir de procesos de dragado, sino que debería llegar naturalmente desde los ríos.

Según explica Javier Benavente, decano de la Facultad de Ciencias del Mar y Ambientales de la Universidad de Cádiz, a la costa del golfo de Cádiz le faltan los sedimentos que solían arrastrar los ríos. “España tiene el mayor número de presas en Europa, las cuales no solo retienen agua, sino también sedimentos”, comenta. Ríos como el Guadiana y el Guadalquivir están completamente regulados; desde los años 50, los sedimentos arenosos que forman las playas no llegan a la costa. Este desbalance es perjudicial: «Anteriormente, había un equilibrio entre la dinámica oceánica y el aporte fluvial; ahora, con la drástica reducción de este último, las costas sufren erosión».

Hay ciclos naturales de aproximadamente 10 años con grandes temporales, como el Emma de 2018 que devastó todas las playas del Golfo de Cádiz», recuerda Benavente. Después de esos eventos, suele haber períodos de cinco o seis años de calma sin temporales; las playas parecen estables, pero un invierno severo las erosiona nuevamente. Es un ciclo que se repite: los temporales de 2008-09 o de finales de los 90 requirieron «grandes inversiones en regeneración» debido a la «falta crónica de sedimento, exacerbada por el aumento del nivel del mar».

En España se ha comenzado a desmantelar muchas presas para permitir que los ríos recuperen su dinámica natural, siguiendo una directiva europea, lo que ha generado numerosas controversias. “Muchas presas antiguas están fuera de uso porque están llenas de sedimentos, que son precisamente los que faltan en las costas”, añade el ambientólogo.

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Las imágenes de 2018 de la playa de la Victoria, donde el mar golpeaba continuamente un chiringuito, son frecuentemente utilizadas para hablar del cambio climático. Sin embargo, paradójicamente, el cambio climático ha hecho que las tormentas sean menos frecuentes, aunque cuando ocurren, son más intensas y prolongadas, haciendo la costa más vulnerable a las sequías, como se observó en Doñana el año pasado.

«En el Golfo de Cádiz, los intervalos entre grandes temporales están aumentando: tardan más en repetirse, lo que nos lleva a periodos de sequía como los de los últimos cinco años», explica Benavente. «Esto no significa que, cuando llegan, sean menos intensos. Al contrario, pueden ser incluso más destructivos», añade.

Además de la escasez de sedimentos en las playas, el nivel del mar está subiendo, y esto sí es a causa del cambio climático. “Llevo 20 años estudiando estas costas. Cuando comencé, se hablaba de un aumento en el nivel del mar de 1,5 mm al año; ahora supera los 3 mm, y la tendencia se está acelerando. En dos décadas, eso representa un retroceso de varios metros en la línea de costa», afirma.

La urbanización, un factor clave en los daños

Los daños ocurren donde hay elementos susceptibles de ser afectados, lo cual parece obvio, pero es lo que determina la vulnerabilidad ante el cambio climático. Matalascañas es un ejemplo claro de esto. «Las áreas que demandan arena son siempre las mismas, áreas crónicamente erosionadas como Matalascañas, donde se construyó el paseo marítimo sobre la playa», señala. Debajo del concreto, la realidad es evidente: «Cuando hay erosión, aparece la arena subyacente: es una zona propensa a inundaciones». En contraste, en áreas más preservadas como Doñana, Bolonia o Valdevaqueros, no se solicitan obras porque el litoral se adapta por sí solo retrocediendo.

La zona nueva de Cádiz, donde se encuentra la playa de la Victoria, es especialmente vulnerable. «Cádiz es un islote conectado por un istmo; la parte nueva fue construida sobre dunas y terrenos ganados al mar», explica. Esta área presenta una mayor vulnerabilidad y, según este experto, necesitará planes de adaptación a mediano y largo plazo.

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En comparación con el Mediterráneo, el Golfo de Cádiz enfrenta sus propios desafíos. «En el Golfo de Cádiz anticipamos una disminución de los temporales; en el Mediterráneo, un aumento en su intensidad. Pero allí se construyó mucho más cerca del mar, lo que hace que sus infraestructuras sean más vulnerables». Y retoma el concepto esencial de la adaptación climática: «No hay costas más o menos vulnerables; vulnerables somos nosotros y nuestras construcciones».

Priorizar para adaptar

Adaptarse no es una opción, es una necesidad. «La subida del nivel del mar no la detenemos ni con medidas extremas de mitigación; incluso si dejáramos de emitir CO2 mañana, el nivel seguiría aumentando debido a un proceso ya en marcha», afirma.

El desafío para las administraciones locales, autonómicas y nacionales es decidir qué salvar. «En áreas densamente pobladas, como ciudades o puertos, será necesario concentrar las inversiones en mantener la línea de costa, como se hace en Holanda. Pero en zonas menos pobladas, se deberían considerar retranqueos: mover estructuras unos metros tierra adentro o permitir que las playas y dunas recuperen su espacio natural», sugiere.

El experto menciona a los chiringuitos como ejemplo de nuestra mala adaptación. «Antes eran temporales y se desmontaban en invierno; ahora permanecen todo el año en zonas propensas a inundaciones y sufren daños en cada temporal».

No queda más opción que priorizar. «No hay recursos para proteger todos los puntos del litoral con la misma intensidad. Las aguas seguirán subiendo durante décadas. Lo que podemos hacer es adaptarnos a estas nuevas condiciones, planificando desde ahora cómo convivir con un nivel del mar más alto», concluye.