En plena Gran Vía madrileña, una pequeña empresa española está cambiando la conversación sobre quién puede mandar artefactos al espacio y por qué eso importa ahora. La inclusión en un programa de la OTAN y la creciente demanda de clientes de Defensa convierten a esta startup en un actor clave para la soberanía tecnológica europea.
Fossa Systems, fundada en 2020 y dirigida por el joven emprendedor Julián Fernández —que no llega a los 23 años—, opera desde un estudio reconvertido en taller y centro de control donde diseña, monta y gestiona nanosatélites. Su modelo, basado en satélites pequeños y de bajo coste, busca ofrecer conectividad para dispositivos repartidos por todo el mundo y responder a necesidades críticas de seguridad.
Un taller en Madrid con alcance orbital
La sede de Fossa no es una fábrica industrial: es un espacio en la ciudad donde se ensamblan componentes, se escribe el software de vuelo y se supervisan constelaciones desde pantallas que vigilan la órbita baja. La compañía ha logrado lanzar más unidades que otras firmas mucho mayores, aunque lo ha hecho con una plantilla reducida —en torno a 50 personas— y financiación limitada.
Su propuesta técnica se centra en satélites ligeros —entre picos, nanos y microplataformas— diseñados para comunicaciones de baja velocidad: mensajes cortos, localización de activos o telemetría de sensores. No compiten con redes de banda ancha como Starlink, pero sí pretenden cubrir un nicho crucial para la logística, la agricultura, la industria energética y la Defensa.
No es solo innovación: hay mercado y riesgo geopolítico
La compañía pasó de proyecto juvenil a sociedad mercantil en julio de 2020. En 2025 sus ingresos rondaron los 2 millones de euros y la dirección espera multiplicar esa cifra varias veces en el corto plazo. Su cartera de clientes ya incluye empresas de petróleo, operadores logísticos y ministerios interesados en capacidades propias de vigilancia y comunicaciones.
Ese interés crece en un contexto de rearme tecnológico y vulnerabilidades detectadas en conflictos recientes. Las interferencias, el jamming y los ataques a infraestructuras satelitales han puesto en evidencia la necesidad de soluciones que sean, además de eficaces, controladas por potencias europeas.
Qué ofrece y cómo se diferencia
Fossa propone una solución “vertical”: diseño, montaje y operación localizados en España. Aunque algunos componentes críticos, como semiconductores, siguen dependiendo de Asia, la compañía mantiene en territorio nacional todos los procesos que añaden mayor valor.
| Concepto | Dato |
|---|---|
| Año de constitución | 2020 |
| Plantilla aproximada | 50 empleados |
| Satélites lanzados | 24 (con distintas vidas operativas) |
| Facturación (2025) | ≈ 2 millones € |
| Objetivo de constelación | 80 satélites |
| Porcentaje de ingresos por Defensa | ≈ 80% |
Casos de uso prácticos
- Rastrear contenedores con baja necesidad de datos (posición periódica).
- Monitoreo de sensores agrícolas para humedad o temperatura remota.
- Transmisión de alertas y telemetría en zonas sin cobertura terrestre.
- Servicios de comunicación para fuerzas y ministerios que buscan control propio de sus canales.
Reconocimiento internacional y contratos de Defensa
La empresa fue seleccionada para el programa DIANA de la OTAN, una aceleradora que identificó proyectos capaces de aportar capacidades de inteligencia de señales desde el espacio. De entre miles de solicitudes, Fossa quedó entre las pocas elegidas, lo que subraya la demanda por sistemas que detecten y localicen interferencias electromagnéticas y otras amenazas.
Ese alineamiento con necesidades militares y de seguridad explica por qué una proporción elevada de sus ingresos procede del sector Defensa. Los países europeos buscan hoy reducir dependencias tecnológicas externas y la posibilidad de controlar sus propios activos espaciales es un argumento poderoso.
Limitaciones y retos
Producir “localmente” todo el satélite es difícil: los semiconductores, por ejemplo, siguen viniendo mayoritariamente de Asia. Aun así, la compañía apuesta por fabricar en España los elementos que puedan ser desarrollados allí —software, ensamblaje, pruebas— para minimizar puntos críticos de fallo que dependan de terceros.
Además, operar en un mercado dominado por grandes contratistas exige sortear barreras institucionales y acceder a capital. Fossa ha rechazado la opción de trasladarse a centros como Silicon Valley para preservar su base en España y apostar por una industria europea más autónoma.
Su enfoque en plataformas de entre seis y cien kilos pretende combinar rapidez de desarrollo, coste reducido y suficiencia operativa en ámbitos donde no se requiere ancho de banda elevado.
Perspectiva
La historia de Fossa refleja una tendencia mayor: la fragmentación del espacio en proyectos más pequeños y accesibles que permiten a empresas y gobiernos desplegar capacidades específicas sin depender exclusivamente de gigantes satelitales. Para los lectores, la relevancia es clara: la prioridad por la soberanía tecnológica y la protección de comunicaciones críticas puede traducirse en nuevas regulaciones, contratos públicos y oportunidades industriales en Europa en los próximos años.
Desde un apartamento convertido en fábrica hasta los programas de la OTAN, el caso de Fossa muestra que la carrera espacial ya no es privilegio exclusivo de potencias o multinacionales: también es terreno de startups que combinan diseño propio, fabricación local y objetivos estratégicos.

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