Incendios forestales en España aumentan: nuevos fuegos gigantes elevan la amenaza

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Los grandes incendios que han marcado los últimos veranos en España ya no se perciben como episodios aislados: la combinación de olas de calor, sequía persistente y el abandono rural está reconfigurando el mapa del riesgo. Si esas tendencias continúan, el país debe prepararse para fuegos que actúen en conjunto sobre amplias zonas y que superen durante días la capacidad de respuesta de los servicios de extinción.

Expertos consultados señalan que la amenaza no consiste necesariamente en un único frente continuo de cientos de miles de hectáreas, sino en la aparición simultánea de múltiples focos que, por su cercanía y comportamiento, pueden articularse en episodios de magnitud inédita.

Qué escenarios contemplan los especialistas

Paco Castañares, antiguo director general de Medio Ambiente en Extremadura, sitúa entre las áreas de mayor riesgo los Pirineos y el Sistema Ibérico. Su explicación es simple: tormentas con gran actividad eléctrica pueden provocar decenas de igniciones en ambos laderas montañosas; si se dan condiciones secas y continuidad vegetal, esos focos pueden expandirse y confluir en superficies extraordinarias en cuestión de días.

Tormenta eléctrica sobre laderas montañosas con bosque traseroPin
Tormentas eléctricas pueden provocar múltiples igniciones en zonas montañosas.

Ferran Dalmau, ingeniero forestal, coincide en la posibilidad de episodios muy amplios pero pide cautela a la hora de hablar en cifras concretas. Para él, antes de asumir que un incendio de medio millón de hectáreas sería inminente, habría que observar una progresión de fuegos cada vez mayores que muestren ese patrón.

La idea central de Dalmau es desplazar el foco: pasar de la obsesión por una cifra emblemática a analizar el fenómeno como incendios a escala de paisaje, donde varios incendios interconectados y columnas convectivas producen un riesgo sostenido que agota los recursos de extinción.

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Factores que están cambiando el comportamiento del fuego

  • Abandono agrario y ganadero: la reducción de actividades rurales ha aumentado la superficie forestal y la continuidad de combustible.
  • Elevación de temperaturas y estrés hídrico en la vegetación, que aumentan la ventana temporal en que los fuegos pueden propagarse.
  • Aumento de fenómenos climáticos extremos (tormentas con rayos, olas de calor) que multiplican las igniciones simultáneas.
  • Topografía compleja en muchas áreas protegidas, que complica las labores de extinción.

Gonzalo Rincón, técnico de bosques en WWF, apunta que los incendios recientes —incluidos episodios con decenas de miles de hectáreas quemadas— confirman una tendencia preocupante: fuegos que superan la capacidad de respuesta. Para Rincón, la falta de gestión territorial y prevención amplifica el impacto del cambio climático.

Terreno agrícola abandonado convertido en matorral continuo que conecta bosquesPin
El abandono rural aumenta la continuidad de combustible entre parcelas y bosques.

Desde la perspectiva de la ecología y la extinción, Mónica Parrilla (Greenpeace) destaca que las montañas son especialmente difíciles de defender: orografía, accesos reducidos y vegetación continua aumentan las dificultades operativas, aunque la protección ambiental no sea en sí misma la causa del mayor riesgo.

Consecuencias prácticas para la población y el territorio

Un aumento en la frecuencia de episodios extremos tiene efectos claros y medibles: empeoramiento de la calidad del aire, mayor presión sobre los servicios sanitarios y de emergencias, daños a infraestructuras, pérdidas económicas en agricultura y turismo, y un retroceso en la recuperación de ecosistemas. Además, la llegada de grandes incendios dificulta la restauración planificada de los terrenos afectados.

No se trata solo de hectáreas. Es relevante la cantidad de territorio que queda disponible para arder y el número de días con condiciones meteorológicas adversas que coinciden.

Qué se plantea como respuesta

  • Recuperar y priorizar una gestión estratégica del paisaje que integre usos agro-silvo-pastorales.
  • Impulsar el fuego prescrito y la creación de discontinuidades para reducir la continuidad de combustible.
  • Desarrollar protocolos de alerta temprana y sistemas de preparación comunitaria.
  • Planificar la restauración de áreas quemadas con criterios de resiliencia frente al clima.

Los especialistas insisten en que multiplicar aeronaves y recursos de extinción no es suficiente: sin cambios en el manejo del territorio, los paisajes seguirán ofreciendo condiciones que permiten que unos pocos incendios excepcionales se conviertan en catástrofes. La llamada es doble: más prevención y una adaptación del territorio para que las labores de extinción puedan ser eficaces cuando se necesiten.

En síntesis, los ingredientes ya están sobre la mesa —cambio climático, abandono rural, continuidad vegetal y episodios meteorológicos extremos— y su interacción aumenta la probabilidad de fuegos de gran escala. Pero todavía existen palancas de acción: gestionar el paisaje, recuperar economía rural y mejorar la planificación para que el riesgo deje de crecer.

La pregunta final, en palabras aproximadas de varios técnicos, no es si es posible un gran episodio en el futuro, sino cuándo empezaremos a aplicar de forma decidida las medidas que lo pueden evitar.

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