Prostitución y violencia contra las mujeres: debate sobre cómo informar sin revictimizar

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El debate sobre cómo representar la violencia contra las mujeres llega ahora a la ficción televisiva con El castillo, una serie que estrena el 8 de octubre en Movistar Plus y que propone un cambio de mirada al abordar la expansión de la mafia proxeneta en España. La directora Elena Martín y los creadores Isabel Peña y Eduardo Villanueva han diseñado una propuesta que evita la espectacularización del sufrimiento y coloca al espectador frente a las piezas menos visibles del sistema de la trata.

Presentada en el Festival de San Sebastián, la ficción parte de la investigación y del libro de Mabel Lozano para reconstruir los años en que se empezó a levantar el primer macroburdel en España, en 1999. Pero su interés no es sólo histórico: plantea preguntas sobre cómo los medios y la ficción contribuyen, o no, a reproducir imágenes traumáticas.

Una decisión visual como eje narrativo

Desde el arranque del proyecto quedó clara una elección editorial: no mostrar el cuerpo de la mujer como objeto de espectación. En los guiones ya había una propuesta para limitar la exposición directa de las escenas sexuales, pero Martín fue más allá y priorizó el rostro del cliente en esos momentos, desplazando la cámara hacia la conducta del agresor antes que hacia la víctima.

Plano de primer plano del rostro del cliente, cámara centrada en su expresiónPin
La serie sitúa la cámara en el agresor para evitar mostrar el cuerpo de la víctima.

La intención no es responder por completo a por qué alguien actúa de determinada manera, sino detenerse en los gestos y en la gestión emocional del agresor. Esa mirada —más clínica que sensacionalista— busca provocar que el público observe y cuestione en lugar de reproducir imágenes que revictimizan.

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Tres miradas para contar un sistema

El relato combina tres puntos de vista que permiten abordar la complejidad del fenómeno:

  • Suizo: el proxeneta que encarna Raúl Arévalo, diseñado como un hombre corriente con violencia cotidiana, lejos del estereotipo del genio criminal.
  • Claudia: interpretada por Valentina Vidal, aporta la experiencia íntima de quien atraviesa la explotación y cuantifica el coste humano del sistema.
  • Elías: un agente de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales), al que da vida Omar Ayuso, y que funciona como guía para el espectador dentro de la investigación policial.

Según los creadores, el guion evolucionó: lo que nació centrado en la figura del proxeneta fue abriéndose para incorporar a Claudia y Elías, recursos narrativos que aportan emoción y un punto de acceso a la historia sin sacrificar la dureza del tema.

Construir a Suizo: normalidad y peligrosidad

Para que Suizo resultara creíble no bastaba con una interpretación contundente: fue necesario perfilar un carácter “normal” con rasgos perturbadores. La serie evita transformarlo en un villano excepcional; en cambio lo presenta como un individuo mediocre, ambicioso y con escaso escrúpulo, alguien cuya violencia no es espectacular sino cotidiana.

Actor con transformación física para un personaje de proxenetaPin
Raúl Arévalo ganó peso y cambió su postura para construir al personaje ‘Suizo’.

Arévalo se sometió a una transformación física y de comportamiento: ganó peso —en torno a 20 kilos—, modificó su forma de caminar y su conducta para dotar al personaje de un cuerpo y una presencia que no resultaran atractivos ni glamorosos.

La construcción psicológica de Suizo contó además con el asesoramiento de la forense Elena Garrido, que ayudó a encuadrar el personaje en perfiles subclínicos de delincuencia sostenida: personas conscientes de sus actos y que operan desde la explotación de lo que pueden controlar.

Qué ofrece la serie hoy y por qué importa

El castillo llega en un momento en que la sociedad revisa sus referentes mediáticos sobre la violencia de género y la trata. Su apuesta formal —no mostrar el cuerpo femenino como reclamo y virar la cámara hacia los comportamientos de los explotadores— pretende evitar la revictimización y abrir un debate sobre responsabilidad narrativa.

En términos prácticos, esto supone tres consecuencias para el espectador:

  • Una experiencia visual menos explícita pero más reflexiva sobre las dinámicas de poder.
  • Una aproximación que humaniza a las víctimas sin convertirlas en mera mercancía dramática.
  • Un cuestionamiento del lugar del espectador: ¿hasta qué punto nuestra mirada normaliza o denuncia?

Estrenada en seis episodios, la serie invita a repensar cómo se cuentan crímenes vinculados a la explotación sexual y qué imágenes queremos dejar en la memoria colectiva. Más allá de la trama, su valor está en la propuesta formal: cambiar la focalización para no contribuir a reproducir el daño que pretende denunciar.

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